La dama nocturna

Por: Pilar Pino  

Estaba en el balcón del hotel viendo el atardecer, cuando sentí un escalofrío que me recorrió la espalda y me erizó los vellos de la piel. Apareció, ahí, arriba, brillante y redonda, pese a que sol aún no terminaba de meterse. Entré a la habitación tan rápido como pude, con el corazón exaltado y sudor frío en las manos.

            Hace mucho tiempo que dejé de mirar a la luna, ya no por el pavor que le tenía de niña, aunque sí por cierta cautela, por el recuerdo que enciende el temor de aquellas noches de mi primera infancia, cuando buscaba dormir en el más alejado de los rincones de mi habitación para evitar ser tocada y vista por uno de los destellos que emergen de esa dama nocturna.

            Al ser fotógrafa siempre ha sido difícil ocultar mi temor por la luna. Ese extraño objeto que adorna los cielos nocturnos e inspira a músicos y poetas, pero que a mí me causa escalofríos, incluso en fotografías, videos o cuando escucho nombrarla.

            Antes de que pasara todo lo malo, creía que el cielo no era más que una sábana negra, con pequeños hoyitos por los cuales se filtraba la luz del día. Eran los tiempos en que solía ser una niña fantasiosa y traviesa, favorecida por una familia numerosa, puesto que fuimos seis hijxs en total. Los cuentos que me contaba mi abuela cada vez que la visitábamos despertaron mi imaginación de forma precoz.

            El estado permanente de mi madre fue el cansancio, por las jornadas interminables de quehacer que implicábamos toda su descendencia. Todas y todos teníamos que cooperar con tareas de la casa, eso o sufrir el desquite de su mal genio. Era una mujer de extremos, podía mostrarse amorosa y al minuto siguiente iracunda.

            Siempre me distinguí como la más desordenada de la familia, por lo que siempre era el objeto de la rabia de mi mamá. También fui la más rebelde pese a ser la más joven y la consentida de mi papá. Dejar la ropa y juguetes por toda la casa se me formó un hábito, que se vio interrumpido por un cuento de esos que inventan las madres.

            Un día, que parecía igual a otros, salí a la calle a jugar y dejé un regadero de juguetes en recámara y sala. Mi mamá salió a llamarme varias veces, con sus clásicos gritos, asomada en la puerta de la casa alzándose sobre la punta de sus pies, por ser una mujer menudita, con la esperanza –quizá- de que así alcanzaría a escucharla mejor.

“¡Melina! ¡Melina! Ven a recoger tu tiradero”, gritaba mi madre, con toda la fuerza que le daban sus pulmones. Mientras que a mí me entraba por un oído y me salía por el otro su llamado, pues prefería seguir jugando con las muñecas nuevas de mis vecinas. A la distancia se veía aún más pequeña, a duras penas alcanzaba el metro cincuenta de estatura.

            Más tarde, por la naturaleza propia de la noche y, sobre todo por el hambre, me entraron ganas regresar a casa. A mi mamá no le bastó que transcurrieran unos segundos de que llegara al portal para comenzar a reprocharme el no haber recogido los juguetes y haber dejado a la mitad las tareas que me correspondían. Después de varios minutos de reproches, al ver que no tenían efecto sobre mí, cambió el tono de su voz y me dijo articulando con particular claridad:

           - ¿Melina quieres ver algo? Mira, ven a la ventana, ve fijamente a la luna.

La luna estaba llena, brillaba redonda en todo su esplendor.

            - ¿Ves esas manchas que tiene?

            - Sí mamá, ¿qué son?

            - Son todos los niños que se ha comido.

Sobra decir que sus palabras impactaron las fibras más delicadas de mi interior, mis ojos se abrieron y llenaron de asombro, mientras quedaba atónita y sin palabras.

           - Esos niños –dijo-, son los que se portan mal y desobedecen a sus madres. La Luna lo ve todo, por la noche baja hasta las casas, entra por las ventanas y se los come. Todo por no obedecer.

            Al terminar tan breve explicación, mi mamá me dejó sola frente a la ventana. Yo trataba de agudizar mi mirada para ver a los pobres niños y niñas. No sé si era mi imaginación o la realidad, pero entre las sombras alcanzaba a verles, alcanzaba a percibir sus movimientos, les podía notar muy inquietos. Personitas atrapadas sin esperanza. ¿Qué sentimiento me embargó? Quizás las palabras que conozco no son lo suficientemente explícitas para aclararlo; pero, puedo decir que sentí miedo.

            En ese instante, corrí a la cocina a terminar de lavar los trastes. Luego, mientras reunía mis juguetes vi que la Luna comenzaba a bajar. Con apuros y llena de nerviosismo terminé, para después correr hasta el cuarto de la tele, donde lo primero que busqué fue a mi mamá para abrazarme a ella.

-¿Qué pasa? - me preguntó

-Los juguetes ya están en su lugar, mamá, y la cocina limpia- ella sonrió.

Recuerdo que no dormí toda esa noche para evitar ser vista por la Luna. Igual las siguientes noches, hasta que no la volví a ver en el cielo. Confieso que en ocasiones me olvidaba de lo que mi mamá me había dicho, pero siempre que había Luna llena levantaba mi vista al cielo, veía a las y los niños allá atrapados, luego, trataba de esconderme. Por un tiempo mis noches se volvieron pesadillas y mi temor se acrecentó.

            Una de las cosas que más me provocaban miedo era cuando tenía que ir al baño, pues para llegar había que pasar por un pasillo lleno de tragaluces. Por aquel entonces pasé en vela las madrugadas de luna llena.

            Al abrir la puerta de la recámara y ver el claror del satélite que se filtraba entre el follaje del viejo árbol del patio, hacía de la escena algo más tenebroso. Muchas veces sopesé la idea de despertar a mi papá para que me acompañara al baño; sin embargo, sabría que me diría “ve sola, no pasa nada, no dejaré que nada te haga daño”. Aunque en el fondo sabía que un simple mortal no podría contra un poderoso monstruo del cielo.

            Mis temores no solo se pueden reducir a carreras furtivas contra los rayos de la luna, pues recuerdo que una noche, a pesar de haber recogido y ordenado todos mis juguetes sentí sus ojos sobre mí. Primero el miedo se apoderó de mí, luego, pensé “no hay porqué temer, hice mis tareas y mi cuarto está recogido”, recuperé un poco la calma. Decidí retarla, porque un espíritu rebelde no es vencido por el miedo. La última impresión que tuve me dejó muy alterada, por lo que no fue extraño que me pasara lo que me pasó.

            La Luna había roto las horas de quietud y la vi claramente que comenzó a bajar dejando sus huellas en el viento, ¿qué tan grande podría ser el patio para poder darle espacio? No lo sé, pero ella estaba ahí, esperando por mí.

            Mientras tanto, deseaba no ser cobarde, muy en el fondo rogué que todo fuera solo un cuento de mi madre, crecido incentivado mi imaginación. Tomé todo el valor que tenía, logré sobreponerme. Tenía los ojos entrecerrados y me tapaba con la capucha del pijama.

            Lentamente, le di cabida a la imagen que se postraba ante mis ojos. No lograba ver las manchas donde estaban las y los niños que se había comido. Quizás por la cercanía, su potente brillo o porque me encontraba encandilada. Finalmente, la Luna estaba dentro del patio de mi casa, la claridad comenzó a ceder y vi que se dividía en dos.

            Después de unos minutos logré distinguir una silueta femenina en el fondo; escuché una suave voz que decía: “no temas del día que está por terminar, no te asustes de los puentes que se extienden entre los universos, no temas porque estoy aquí, yo solo he venido por unos minutos de tu sueño, solo quiero cobijarte con mi secreto. ¡No temas, por favor! Y no creas en la historia que te ha contado tu madre sobre mí”.

            Sin miedo me acerque a la silueta, llena de curiosidad. De pronto me espantó el grito aterrador de una niña: “¡No!, no te acerques, te engatusa para llevarte con nosotras, corre. ¡Huye lejos de su luz!”

            Por un breve instante pude ver el rostro de una niña pequeña, que parecía estar hecha de humo verde, quien me pareció muy familiar. Era igual a la fotografía de la hermana de mi abuela, que decían, desapareció durante la guerra. De repente, me di cuenta de que se la había llevado la diosa celeste. ¡Esa dama malvada!

Sin embargo, ella siguió hablando con su voz suave:

            -No vine por ti porque te hayas portado mal. Soy la diosa Artemisa, diosa de la caza, los animales salvajes, el terreno virgen, los nacimientos, la virginidad y las doncellas. Traigo alivio a las enfermedades de las mujeres. Soy hija de Zeus y Leto, y hermana gemela de Apolo. Vengo a reclutarte para que formes parte de mi corte. Yo defiendo la naturaleza, ya que las mujeres somos hijas de Rea, la Tierra, y tenemos la habilidad de sanar. Los hombres han estado destruyéndola. Talan bosques, extinguen a mis amigos los animales, a cambio de una basura que llaman dinero. Quieren tener poder unos sobre otros, se inventan guerras sin que les importe lo que destruyen a su paso y el sufrimiento que causen. Eres valiente, tienes el carácter y el temple que se necesita para esta labor. Pero, debo advertirte que no volverás a ver a ningún integrante de tu familia, más que a la distancia. No conocerás hombre alguno, ni tendrás hijos e hijas. Ofrecerás tu vida para salvar este mundo. Si te niegas te maldeciré y cosas malas te pasarán durante las noches.

Con voz trémula y palabras entrecortadas pude responder:

                        -No señora, no, no, no puedo ir. No quiero dejar a mis papás ni a mi hermana que duerme conmigo.

           También pensaba en David, el niño güerito, el nuevo en la escuela. Soñaba con casarme con él, tener un hijo, una hija y un perro. Vivir en una casa como las que salen en las series de la televisión estadounidenses.

           La diosa Artemisa dio un golpe en el suelo. La Luna se cerró y regresó al cielo en un parpadeo. Yo me quedé parada en medio del patio con un sentimiento de soledad que 30 años después no he dejado de sentir; es como un hueco en el pecho, donde se aloja un frío glaciar.

            Ahora, en la vida adulta, viendo los efectos adversos e irreversibles del calentamiento global, me pregunto si hubiera sido mejor dedicar mi vida a la diosa Artemisa. Al final, perdí a mi mamá y a mi papá por enfermedades propias de la edad. Mis hermanas y hermanos hicieron su vida, cada quién escogió un camino diferente al mío; apenas hablamos. Nunca me casé, ni tuve a un niño y una niña, porque todos los hombres que se aparecieron en mi vida me rompieron el corazón. Solo tuve una perra, que me acompañó durante algunos años, pero la vejez también se la llevó. Al final de nuestras vidas las mujeres quedamos solas, solo nos tenemos a nosotras mismas. Hubiera sido mejor dar mi vida para mejorar al mundo.

  • Pilar Pino Acevedo es una figura destacada en Zacatecas, no solo por su trabajo como feminista marxista, economista y escritora, sino también por su activismo en favor de los derechos de las personas con autismo y mujeres; y, su compromiso con la política de izquierda. Su experiencia como madre de una niña con autismo la ha llevado a ser una voz importante en la lucha por la inclusión y la aceptación de las personas con discapacidades. Su participación en la colectiva Nantzin Zacatecas y su colaboración con medios como columnista en La Cueva del Lobo y la revista literaria El Guardatextos demuestran su compromiso con la difusión de ideas y la promoción de políticas de izquierda. Actualmente, como coordinadora editorial de la revista Tlali Nantzin, sigue contribuyendo a la discusión y el análisis de temas políticos y sociales desde una perspectiva crítica y progresista.